Perfilando
Por Iván Calderón
* Arturo Castagné, problemas migratorios
Este día, el senador sin partido Miguel Ángel Yunes Márquez salió a negar que no tenga visa para ingresar a Estados Unidos.
Dijo que fue en enero y que, cuando vuelva, se tomará una foto. No mostró ninguna prueba. Solo se limitó a decir que los audios donde su papá, Miguel Ángel Yunes Linares, pide ayuda migratoria son inteligencia artificial.
Sin embargo, el punto ya no es jurídico ni migratorio: es político.
El problema para los Yunes no es solo si la versión es cierta o falsa. El problema es que ya están discutiendo en el terreno que otros les pusieron.
El viejo grupo que durante años hizo de la confrontación una forma de poder, hoy aparece a la defensiva: sin control, sin la presencia mediática que tanto les gusta, sin respaldo suficiente y con cada vez menos capacidad para ordenar la conversación pública.
El voto de Yunes Márquez a favor de la reforma judicial fue el quiebre. Su final.
Al grupo de los Yunes del Estero no se le aseguró una nueva casa política y se le cerró la anterior. El PAN lo expulsó tras ese voto; y en MORENA no encontró recepción alguna.
El resultado fue el peor escenario para cualquier grupo político: quedarse en medio.
Sin partido propio. Sin narrativa sólida. Sin legitimidad transversal.
Y en medio de esa pérdida de control aparece otro elemento: Arturo Castagné Couturier.
Castagné no es un actor menor en esta historia. Durante meses formó parte del ecosistema opositor que empujó señalamientos contra Rocío Nahle.
Pero esa ofensiva tuvo un costo judicial: una jueza ordenó que pagara más de 14 millones de pesos por daño moral a favor de la gobernadora. Quedó claro que no todas las mentiras aguantan el paso por los tribunales.
Además, Castagné (quien no ha pagado y hoy carga también con esa condición de deudor) enfrenta, al igual que los Yunes, aparentes problemas migratorios por sus vínculos directos con ellos y por presuntas acusaciones de lavado, según consta en versiones periodísticas.
Por eso, el caso Yunes ya no debe leerse como un simple escándalo, sino como desgaste acumulado.
Primero perdieron el partido. Luego perdieron el control del relato. Y ahora empiezan a perder el beneficio de la duda.
Cuando un grupo político llega a ese punto, no necesariamente se cae con estruendo.
A veces ocurre algo peor: siguen apareciendo en público, pero ya son irrelevantes. Prácticamente unos apestados.
Eso es la implosión.
No el final inmediato, sino la pérdida progresiva de centralidad y la llegada de su imperioso ocaso.
Triste final.
@IvanKalderon


