
No pasará mucho tiempo para que el árbol beba del río. Vino de ahí, allá va. Sonia lo sembró cuando la ribera del cauce poseía maneras silvestres, y, entonces, las manos de Sonia tenían la delicadeza de los años menores. El río lame con suavidad la orilla. La baja marea descobija el fango y hay minúsculos cangrejos entrando y saliendo de sus agujeros, tomando inmundicias y llevándolas al fondo de sus guaridas. Uno de ellos, el menos pequeño, sube a la cima de un trozo de leño podrido y lengüetea el lodo que lo cubre, y produce quedos sonidos de satisfacción, de gula. Su tenaza izquierda es mayor que el resto de su cuerpo, y es su orgullo. Desde la cima, la levanta y la mueve amenazante, mientras que con la más corta, cortísima, la derecha, se lleva en relampagueantes movimientos diminutos granos de fango a la boca. Degluta con una rapidez monstruosa, y si no echo a correr es porque el animal es de escasos centímetros. A su lado, sus compañeros van y vienen laboriosos con las excrecencias sujetas a sus mandíbulas y a sus brazos. Parecen máquinas biológicas en un mundo dominado por las prisas y el hambre. Deben de aprovechar. Es de mañana, y la marea empezará a cubrir el campo de alimentos por la tarde noche. El mayor de los cangrejos sigue agitando su larga tenaza, y me parece un tipo baldado con un solo brazo reclamándole a quien sabe quien, tal vez al mismísimo Dios, su desgracia.
Miguel Camín
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