lunes, 8 de diciembre de 2014

LA BANALIDAD DEL MAL…

Estimado Orlando:

He caminado junto con los estudiantes que han decidido manifestarse por los espeluznantes acontecimientos sucedidos en Iguala Guerrero que involucra la desaparición de normalistas. Estoy convencido que es lo menos que uno debe hacer cuando los miras y recuerdas que alguna vez fuiste joven y que marchaste por equis motivo y te hubiese dado gusto que gente mayor estuviera caminando a tu lado. Te cuento esto porque en la reciente convocatoria a marchar, la del 1 de diciembre, escuché a mi vecina de fila preguntarse dónde estaba la demás gente si para ella (como para mí, me adelanto a decir) es evidente que el país se desmorona. Por qué la gente de las aceras que aplaude y levanta el pulgar en señal de aprobación no se suma al arroyo? Dónde está la solidaridad? Se cuestionaba la jovencita estudiante con un dejo de pasmosa resignación. En efecto no éramos muchos los que ruidosamente nos manifestábamos, pero tampoco éramos poquitos. Sí una minoría, pero una minoría consciente asumiendo sus plenos derechos de expresarse en público.

Este breve episodio me llevó a participar de las dudas razonables de la joven, y aun cuando me sumaba al coro de las consignas del grupo de marchistas fui tratando de encontrarle respuestas a esas dudas. Pensé que achacarle a la “apatía” de los personas lo reducido del contingente de manifestantes era una salida superficial. Pero ¿por qué los ciudadanos no se suman si, al igual que nosotros los marchistas, ven con plenitud el caos de inseguridad, impunidad y corrupción que vive el país?, me seguía preguntando. Y no fue hasta que tropecé con Hanah Arendt que la incognita empezó a despejarse. Esta escritora y filósofa alemana de origen judío escribió un libro testimonial del celebérrimo juicio público contra Adolf Eichmann en Jerusalem, un oficial de la SS nazi que ejecutó con pavor magistral el plan “La solución final”, nombre con el que se conoció a la tarea institucional de exterminio de judíos en Europa. Arendt fue enviada especial del New Yorker para cubrir el juicio. De esa cobertura Arendt escribió un libro que pone en el centro de la discusión moral la llamada “banalidad del mal”. Tal vez corro el riesgo de exagerar pero tomo prestado de este libro de Hanah Arendt una tesis que podría darme luz a mí sobre mis dudas y responder a las de la joven estudiante que compartió conmigo en la marcha su desazón por la ausencia de solidaridad de la gente en la calle que miraba pasar a los manifestantes. 

Escribe Arendt que en los estudios sobre “el mal” en la humanidad prevaleció la idea de que su origen estaba en el egoísmo del ser humano. Sólo la actitud egoísta del hombre alimentaba la aparición del mal, de tal suerte que el acto de maldad estaba cubierto de un polvo pecaminoso. Sin embargo el siglo XX vio con extrañeza que en las sociedades “el mal” se instrumentalizó teniendo como brazo ejecutor no a un ser “loco” y “monstruoso” sino al consciente burócrata que por norma ejecutaba órdenes y que no veía a las víctimas como enemigos sino como carentes de utilidad para existir. 

Pero aún más, y es aquí donde deseo detenerme: el ciudadano de a píe, las personas normales como tú o como yo o como la jovencita estudiante tenemos un cacho de responsabilidad por la situación bestial que prevalece, no tanto por no participar activamente en la protesta como por “considerar” como habitual que la desaparición, el asesinato, la corrupción y la impunidad se imponga como norma. No pensar, no ejercer el ejercicio sano de dialogar con nosotros mismos, no debatir si los principios y valores de hoy son los adecuados para sostener una convivencia, y caer rendidos, conformes con la “costumbre” de que si alguien es violentado en su persona, en su familia o en su patrimonio es solo una estadística, un número más de los atropellos habituales hoy en día. 

Es ésta una de las conclusiones de ese maravilloso libro de Hanan Arendt. Me temo, estimado Orlando, que si dejamos de pensar dejamos de ser personas, y nos convertimos en sujetos que por omisión o comisión contribuimos al terrible estado actual de las cosas
Roberto López Arán

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