domingo, 10 de agosto de 2008

EL AGRARISMO EN VERACRUZ...




Por Imelda Torres Sandoval…
Quiero recomendarles la lectura de un interesante texto, a propósito del evento de la Reestructuración de la Liga de Comunidades Agrarias llevado a cabo el 08 de Agosto de 2008 en la Ciudad de Tuxpan, Ver., en el cual, a partir de esa fecha, la defensa de los intereses de los campesinos de la Zona Norte de Veracruz, descansa en la mano firme de Rubén Cruz Sagastume.

Conocemos poco de la innegable tradición agrarista del Estado de Veracruz. Sabemos realmente nada del espíritu revolucionario de muchos ilustres veracruzanos, entre ellos Úrsulo Galván y Adalberto Tejeda, quienes respondieron al llamado de la Revolución Mexicana: la tierra es para quien la trabaja.

La lectura sugerida es del libro El agrarismo en Veracruz. La etapa radical (1928-1935), de la historiadora Romana Falcón, editado por El Colegio de México en 1977.
(Colección Centro de Estudios Internacionales, XVIII).

En esta obra, la autora explica con detalle como durante el Porfiriato se centralizó el poder político, se propició la concentración de la propiedad rural y se intensificó la actividad comercial. Para 1910 existían enormes latifundios, un pequeño grupo se apoderó de la tierra mientras que el 95% de los campesinos no la tenían. La caída de Porfirio Díaz provocó una segmentación del poder que dio libre curso a las luchas internas entre los diferentes grupos políticos. Al finalizar lo que se ha denominado la lucha de facciones surgieron tantos focos de poder como generales y caciques existían. Cada uno se apoderó de una parte del país, su fuerza estaba en razón directa del poderío de su ejército particular. Apoyados en ella reclamaron para sí los cargos políticos a que se consideraron acreedores, unos se contentaron con una región o estado determinado y otros, más ambiciosos, fijaron sus metas a nivel nacional. En el aspecto económico la posesión latifundista de la tierra fue su objetivo principal; algunos, más audaces, se lanzaron a las empresas industriales.

Desde 1917 los líderes nacionales buscaron la forma de reducir los núcleos locales de poder, y para lograrlo se fijaron dos metas: centralizar el poder y subordinar las acciones de las organizaciones estatales a los intereses de la federación. Sin embargo, para el inicio de los años treinta, los líderes revolucionarios en gran parte únicamente habían sustituido a los antiguos caciques porfiristas y el ejército era la institución política base cuya influencia era decisiva en la toma de decisiones.

En lo que al campo se refiere no se había modificado la estructura de la propiedad. Como primer paso para finalizar con este estado de cosas se buscó terminar con los ejércitos privados (los rurales), proceso al que escaparon algunas entidades, entre ellas Veracruz, debido a que sus principales fuerzas eran irregulares y estaban formadas por contingentes de campesinos armados.

En lo político, con la creación del Partido Nacional Revolucionario, que en gran medida llenó el vacío de poder dejado por Díaz, se creó un órgano central aglutinador del poder político. Al margen del proceso centralizador federal, en Veracruz se observaba una notable autonomía política y militar que intentó desafiar al proceso centralizador, contradicción insuperable que hizo imposible su desenvolvimiento. Así, de acuerdo con la autora, se puede considerar que gran parte de la historia contemporánea de México ha sido la de la lucha entre el poder ejecutivo, que dicta todas las directrices políticas a seguir, y los grupos regionales que han pugnado por un pluralismo autónomo.

Dentro de este marco general, la maestra Falcón, graduada del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México, busca historiar el desenvolvimiento del movimiento agrario veracruzano, uno de los intentos, para ella el más logrado, por implantar un desarrollo independiente. El libro consta de introducción, tres capítulos y, al final, las conclusiones. El primer capítulo nos ofrece una visión general del México agrario de la época, contrastándola con la de Veracruz. El segundo se ocupa del auge del agrarismo veracruzano, para dedicar el tercero y último al derrumbe del movimiento agrario en Veracruz.
A la terminación de la fase armada de la revolución se inició, lentamente y con poco entusiasmo, el programa de distribución de la tierra. En Veracruz, cuando llegó como gobernador, en 1920, el coronel Adalberto Tejeda, era bien poco lo que se había hecho, a pesar de planes y comisiones.
Adalberto Tejeda, desde 1916, puso de manifiesto su radicalismo cuando, como jefe de las operaciones militares de Tuxpan, repartió treinta y cinco mil hectáreas a los campesinos, patentizando así su compromiso con el agrarismo. Sus méritos militares y su buen desempeño como político lo llevaron a ocupar la gubernatura de Veracruz de 1920 a 1923. Durante su mandato supo aprovechar el apoyo de las autoridades centrales y canalizó las condiciones existentes para iniciar la organización política y militar de los trabajadores y campesinos veracruzanos para lo cual recurrió a la ayuda de los comunistas de la entidad. De esta forma cambió el panorama de obreros y campesinos y se sentaron las bases para el ulterior desarrollo del movimiento agrario, al mismo tiempo que se extendía la organización política proletaria a la mayoría de los centros de trabajo veracruzanos.
Tejeda apoyó a los comunistas-anarquistas y forjó alianzas con líderes campesinos, alianza que culminó con la formación de la Liga Campesina Veracruzana.

Para adquirir mayor fuerza, los agraristas, en marzo de 1923, formaron la Liga de Comunidades Agrarias del Estado de Veracruz. Por su parte, el sindicalismo tuvo auge debido básicamente al apoyo del gobierno estatal. Lo anterior provocó que terratenientes y patrones fortalecieran sus posiciones. Con este fin aumentaron los efectivos de sus guardias blancas, estrecharon sus lazos con las autoridades militares, se organizaron políticamente y buscaron el apoyo del presidente. Hacia 1923 las fricciones eran tales que parecía inminente el enfrentamiento directo.

Ese mismo año estalló la rebelión delahuertista en la cual el comandante militar de Veracruz ocupó un puesto importante, suceso que vino a retardar la solución del conflicto y que fue hábilmente aprovechado por los agraristas, quienes contribuyeron a sofocarlo con las armas y con apoyo monetario. Esta demostración de eficacia y lealtad les permitió disfrutar de cierta autonomía. De esta forma, gracias a la organización política y armada de los campesinos, se comenzó a vencer a la burocracia estatal y a la oposición de las fuerzas federales y de los propietarios. Por su parte, el gobierno local introdujo innovaciones técnicas en la agricultura buscando su modernización. En 1923 los líderes agraristas lograron organizar a los campesinos en la mayor parte del estado con una orientación radical, esto es, socialista.

En 1925, durante el mandato del general Heriberto Jara, era considerable la fuerza de las guerrillas campesinas. En este tiempo también surgió el embrión de lo que más tarde sería la Liga Nacional Campesina que empezó a extender su influencia a otros estados de la República, aunque con poco éxito.
Entre 1928 y 1932, durante la segunda administración de Tejeda, se desarrolla la época dorada del agrarismo veracruzano.

En 1930, con la pérdida de la dirección de la Liga Nacional Campesina, que pasó a manos del PNR, se inició el descenso del agrarismo veracruzano. Para estas fechas, el partido oficial había consolidado su poder en Veracruz. A lo anterior se sumó la creación de una organización agrarista propiciada por Portes Gil y Cárdenas. Así, la posición de Tejeda se hizo difícil, además en ese momento también se enfrentaba a las autoridades federales y a la anticipada efervescencia política causada por la próxima sucesión de mandatario estatal. En un último intento, ligado con sus pretensiones a la presidencia, Tejeda, al final de su segundo gobierno, buscó atraerse a los obreros mediante la expedición de una ley expropiatoria, medida desesperada que, aunque localmente provocó simpatía, le valió más ataques del centro y, finalmente, no prosperó. Aunque sin esperanzas, más tarde Tejeda presentaría su candidatura para las elecciones de 1934 para, después, desaparecer de la escena política. En relativamente poco tiempo se vinieron abajo los logros del tejedismo. Sin embargo, nos dice la autora, el agrarismo veracruzano no murió sino que se confundió con el cardenismo.

Realmente el texto recomendado es de difícil adquisición, pero sirva esta breve semblanza para resaltar la presencia de la Liga de Comunidades Agrarias en las luchas sociales que se desarrollaron en el Estado de Veracruz durante todo el siglo XX, y para anotar la relevancia de una dirigencia honesta, valiente y decidida como la del General Adalberto Tejeda, que, enhorabuena, debiera servir de ejemplo para todos los líderes agraristas de nuestro Estado y de nuestra Nación.

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